Nada nuevo bajo el sol si, a veces, futbol se asocia a violencia. Está claro que no a todos los amantes del deporte más popular del mundo les despierta sus instintos más agresivos, ni mucho menos. Pero después de haber resistido como una campeona a la gran mayoría de los partidos, me quedo con el bochornoso ejemplo de los británicos en su falta absoluta de deportividad para perder. De fair play, nada. 

Pero sobre todo me ha llamado mucho la atención la denuncia presentada por el Centro Nacional de Violencia Doméstica (NCVD) del Reino Unido. La entidad establece una relación directa entre la celebración de grandes partidos de futbol y la violencia machista. El estudio indica que la violencia doméstica (los británicos aún utilizan ese concepto) crece un 26% si juega Inglaterra y aumenta hasta el 38% en el caso, como sucedió en la final, de que Inglaterra pierda el partido. 

El Centro Nacional de Violencia Doméstica del Reino Unido comenzó a alertar del incremento de casos al mismo tiempo que su selección avanzaba en el campeonato con claras posibilidades de conseguir el título europeo.  De hecho, el CNVD de Reino Unido puso en marcha un número para que las mujeres que se vieran amenazadas pudiesen pedir ayuda. 

La misma tarde de la final entre Inglaterra e Italia las redes se llenaron de mensajes ofreciendo casa y refugio a las mujeres que sentían miedo de que cuando volvieran sus maridos, novios o amantes a casa con la posible derrota y algunos litros de cerveza en el cuerpo, le hicieran pagar a golpes su frustración y éxtasis. Cientos de mensajes espontáneos ofreciendo una habitación, un sofá, un transporte para recogerlas en Londres, Cambridge… 

Un informe del Centro para el Desempeño Económico, publicado este mismo mes, indica que los abusos crecen después de los partidos y establecen una relación directa con el alcohol. Incluso afirman los expertos que la violencia se acentúa cuando los partidos son a mediodía o por la tarde, mientras que bajan cuando el espectáculo es a partir de las 19 horas. Los malos tratos bajan de manera considerable durante el encuentro y comienzan a subir inmediatamente después, llegando a alcanzar casi un 10% más después del inicio del encuentro. 

No voy a culpabilizar directamente al fútbol, ni al alcohol. Dos grupos de señores corriendo detrás de una pelota y un par de cervezas no pueden ser la explicación de la barbarie. La violencia machista no debe contar con elementos externos que la justifiquen o amparen. Pero tampoco los responsables de la organización de estos eventos ni las Administraciones pueden mirar hacia otro lado cuando, en paralelo a un partido, hay miles de mujeres que tiemblan de miedo al pensar en lo que les espera cuando acabe el encuentro. 

Es necesario plantear soluciones a una situación que se está produciendo y cuyos ingredientes parecen ser los de una bomba de relojería: unos hooligans excitados por un deporte que levanta pasiones, exacerbados por el alcohol y desprovistos de cualquier capacidad de reflexión, y una visión un tanto laxa de los responsables de las fuerzas de seguridad que -tal vez- hayan previsto dispositivos para evitar destrozos en la calle, pero no en los domicilios. 

Vista desde cualquier punto la imagen es intolerable: un ser borracho, sobre excitado y rabioso que quiere saciar su furia con quien no respeta ni teme. Y el hecho de que este sea un negocio de dimensiones planetarias, donde participan clubes, federaciones europeas, televisiones y grupos de comunicación no debe permitir complicidades ni impunidades, sino justamente todo lo contrario.