Son las situaciones difíciles las que ponen a prueba a las personas, esos momentos en los que se cambian de golpe las rutinas, en las que crece la incertidumbre y en la que sacamos aprendizajes que nos permiten seguir hacia el futuro. Son estas situaciones las que como profesionales de diferentes ámbitos nos han llevado a hacer esta reflexión sobre el valor del capital humano.

Estamos, sin duda, en un estado sin precedentes, que ha puesto de relieve las buenas acciones del ser humano, pero también las peores. Las olas de solidaridad, la necesidad de crear un sentimiento común de unión y fuerza, la búsqueda de la compañía ya sea en redes sociales o en balcones con los vecinos, son acciones que nos ayudan como individuos a sentir que formamos parte de un colectivo, que tenemos su reconocimiento.

Es también, en este momento, cuando se ponen de manifiesto las acciones irresponsables que ponen en peligro el bien común, se manifiesta el comportamiento egoísta con compras compulsivas, o sólo nos centramos en todo lo que estamos perdiendo económicamente y exigimos sin dar nada a cambio.

Vivimos tiempos de cambio y nadie nos ha preparado para gestionar la angustia, el miedo o el aburrimiento en muchos casos. Ante estas situaciones, es importante recordar la curva del cambio, un modelo que presenta las distintas etapas por las que pasa el capital humano y que nos permite entender las emociones que se generan en cada una de ellas.

Una herramienta que puede resultar útil en estos momentos de incertidumbre, de desconocimiento del impacto real, las consecuencias que tendrá, pero no es menos cierto que puede ser un descubrimiento para cualquier persona que tenga la sensatez de observarla.

En una sociedad bombardeada por el individualismo y los logros personales, algunos acontecimientos como los que vivimos en estos momentos nos hacen recordar que formamos parte de un todo.

Cuando se confirmaron los primeros casos en España del COVID -19 estábamos viviendo en una realidad casi ficticia: inmediatez absoluta en todo, puesta en valor de lo “individual” llegando a egocentrismos, relaciones automáticas, y valores sociales y comunitarios relegados a un segundo plano.

Las investigaciones científicas indican que el bienestar de las personas está altamente condicionado por el entorno en el que vivimos. Nuestra confianza en los demás y en las instituciones, la veces que nos reunimos con aquellos que nos importan, nuestro compromiso cívico condiciona nuestro bienestar y el del entorno en el que nos situamos, todos esos elementos forman parte del poco conocido y no suficientemente apreciado “capital social”.

No existimos como entes individuales, sino como miembros de una sociedad, olvidada y maltratada en pros de nuestros “individualismos”. La historia nos ofrece lecciones importantes, en siglos pasados y en territorios lejanos, hemos visto como esos individualismos han dado lugar a guerras por un malentendido concepto de “lo mío”.

Es el momento de preguntarnos: ¿qué he hecho mal si mi economía no es sostenible ante un acontecimiento como éste?, ¿es posible que ante hechos como el que estamos viviendo mis finanzas no se contagien? La respuesta contundente es si. Tenemos la fortuna de que para esto si existe una vacuna: planificación. La buena noticia es que la tenemos y funciona, la menos buena es que nos lleva un tiempo, los milagros económicos no existen, las herramientas para construir un futuro financiero estable sí.

El capital social de nuestra comunidad es el de la suma de sus miembros, los individuos aprovechamos más nuestro propio capital social cuando el entorno se nos pone cuesta arriba, como es el caso actual.

Las autoras de este artículo publicado en El Correo Gallego son Isabel Neira, Sandra Negreira, Inma García, Mariví Iglesias y Beatriz G. Cibreiro socias de Executivas de Galicia.