En la cultura judía la madre tiene un papel fundamental. Tanto que se ha acuñado el término Ydishe Mame para describir a esa madre prototipo. Exigente y sobreprotectora con sus hijos. Aunque hagan 40 grados a la sombra insistirá para que nos pongamos una chaqueta y se quedará de pié esperando que acabemos el plato de comida. Expertas en los matices del sentimiento de culpabilidad -si no lo siente es que algo le falta- ella es la responsable última de todos los males y asumirá todos los pecados de su descendencia. Tan melodramática que puede rozar la sensiblería y dispuesta a cualquier sacrificio por sus hijos.

De alguna manera todas somos un poco Ydishe Mame. Lo es la madre negra (perdón, afroamericana) que sacó a su hijo a bofetadas de las manifestaciones en Baltimore, las miles de madres que seguramente murieron intentando proteger a sus niños en Nepal. También lo son los millones que a lo largo de la historia ni siquiera se planearon otra cosa que ser esposa y madre. Las que se lo plantearon pero decidieron sacrificar sus deseos más íntimos de conseguir el éxito profesional, las que dejaron los estudios para cuidar a sus hijos. Y también lo son las que se sienten culpables de dejar a los pequeños en la guardería, las que no llegan a tiempo para el baño, las que se consideran culpables también del fracaso de los hijos . Las Ydishe Mame asumen todas las culpas, hasta de los nietos que aún están por nacer.

No sé si está en nuestros genes o es que el peso de la cultura se remonta tan atrás que parece marcar nuestro ADN. Lo cierto es que tengo la impresión de que poco a poco las generaciones que vienen estarán menos determinadas por el espíritu de sacrificio del que hicieron gala nuestras madres y muchas de nosotras. ¿Cómo se entiende si no que las mujeres esperen –en su gran mayoría- hasta los 35 para tener su primer hijo? Y, además, que muchas de ellas opten por no tener más de uno, única vía para compaginar su vida profesional. Estamos viviendo una fase de tránsito entre esas madres-coraje dispuestas a inmolarse en el sacrificio de la maternidad y la consciencia plena del ser humano individual.

Es posible que las Ydishe Mame pasen a convertirse en una añoranza nostálgica de nuestro pasado. Pero aún así, en los momentos cruciales de la vida, cuando sentimos a nuestra prole amenazada y en peligro, siempre actuaremos bajo el impulso más natural y pasional, el mismo que tuvo la madre de Baltimore. O las de Nepal. O las de Galicia.

Ydishe Mame
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