La lección del San Pelayo

 

Carla Reyes Uschinsky

A veces se producen gestos que valen mucho más que mil campañas de concienciación.

Los niños y niñas del Club Baloncesto San Pelayo de Santiago han sido los protagonistas de una historia que debe servir como auténtico modelo de lo que debe entenderse por igualdad entre sexos.

Las cuatro niñas y cinco niños de 12 y 13 que conforman este equipo han jugado dos años en la categoría premini, otras dos en la mini y éste último como infantiles en la modalidad mixta.

Pero las reglas de la Federación no permiten,  a partir de esta edad, los equipos mixtos.

El argumento es que a partir de los 12 años  las diferencias físicas entre chicos y chicas son notables y esto supone una presunta  “incomodidad”.

Ellos no se sienten incomodados y quieren seguir jugando juntos. “Queremos jugar en 2ª División o dónde nos digan, pero queremos jugar juntos. En nuestro club no somos suficientes para sacar equipo masculino y femenino por separado” argumentaron en una carta dirigida al presidente de la  Federación Gallega de Baloncesto para solicitar que les dejaran mantenerse en la modalidad mixta.

No es la primera vez que los entrenadores se ven obligados a dejar fuera a las chicas. Es más complicado encontrar a niñas suficientes para conformar un equipo y en ocasiones la única forma de que ellas jueguen es en equipos mixtos, hasta esa edad…

Apoyados por sus padres, por su entrenadora, incluso por la Xunta de Galicia, hicieron llegar la petición a la asamblea de la Federación Gallega. Y lo consiguieron. Recibieron la autorización de la Federación para mantenerse como equipo mixto.

“No queremos ganar partidos (que si podemos, obvio que lo haremos y lucharemos por ello), queremos seguir aprendiendo, seguir mejorando y sobre todo seguir disfrutando del baloncesto en equipo”.

 El argumento es inapelable. Felizmente la Federación Gallega de Baloncesto ha actuado con sentido común ante una petición no sólo razonable sino, además, plenamente justa.

Tampoco me hubiese extrañado mucho que no les hubiesen autorizado, después de algunas cosas que estamos viendo. Pero resulta gratificante que se imponga la cordura. A estos chicos no sólo se les debe dejar jugar juntos, sino que merecen ser reconocidos.

En un mundo dominado por el postureo, por el discurso simple y muchas veces zafio, la carta de estos chiquillos es una oda a la amistad, al compañerismo, al compromiso, al trabajo en equipo y, cómo no, a la igualdad.

Ellos seguirán creciendo y tal vez en unos años ni siquiera se acuerden de la historia que han protagonizado. Seguramente no son conscientes de lo que representa esta pequeña batalla ganada. Una gran lección, sin embargo, de la cual muchos deberían tomar nota.

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